sábado, 11 de julio de 2020

La otra mitad

No sería desaventurado afirmar que el día en que los seres humanos inventaron los números, empezaron a ser un poco menos felices. Sí, seguramente ahí estaba el problema. Desde que desarrollasen lo que darían en llamar conciencia, y comenzasen a registrar con incansable escrúpulo todo lo que sucedía a su alrededor, empezaron a ser conscientes del paso del tiempo y sus estragos; pero no fue hasta que materializaron tan abstracto concepto y pudieron comenzar a estimar, medir, anticipar y recapitular todas y cada una de las actividades diarias que se percataron cada vez más de su propia senectud. La historia de los pueblos y sus culturas es un fiel reflejo de miles y miles de intentos por darle sentido a este paso del tiempo, que al poder medir cada vez mejor, afianzaba su férreo puño estrangulando poco a poco y de manera cada vez más inexorable las esperanzas, deseos y fantasías de aquellos pobres mamíferos, cada vez más autoconscientes de los límites impuestos a su existencia. Las religiones supusieron desde el principio un buen intento para paliar este horror, este miedo al vacío que derivaba de este conocimiento; pero el advenimiento del método  científico y la llegada del conocimiento de las bases biológicas de la existencia pusieron punto y final a todas esas fantasías, para quienes consintieron en aceptar tan terrible conclusión. No había nada después: los años, un concepto cuantificable y medible, se sucederían, las células de multiplicarían (con suerte dentro de un orden y unos límites preestablecidos), perderían paulatinamente su eficiencia reproductiva, acumularían mutaciones, moléculas inflamatorias y radicales libres, y consecuentemente los tejidos su elasticidad, capacidad adaptativa y firmeza, según el caso. Era inexorable. El proceso podía postergarse mínimamente, pero los mismos avances que habían desvelado todas estas verdades no habían sido igualmente efectivos a la hora de combatirlas. Los seres humanos envejecían y morían, sufriendo un declive paulatino e irreversible, y la última parte de sus vidas estaba condenada al desgaste, la pérdida de facultades orgánicas. Pero lo peor, tal vez, sería siempre ese conocimiento tan rotundamente marcado en su cerebro, esa capacidad de observación y esa constante memoria de lo que se deja atrás, que convierte esos años restantes, cada vez menores en número, se vislumbren como una carrera contrarreloj para cumplir objetivos, enmendar errores, exprimir al máximo unos plazos de tiempo que se escurren como granos en un reloj de arena. La ciencia les había permitido medir el tiempo y estimar su propia longevidad; las matemáticas les permitían hacer un cálculo fácil. Con muy poco margen de error, se podía saber cuánto tiempo les quedaba por vivir. Y él estaba a punto de comenzar la que iba a ser, con muy poco margen de error, la otra mitad de su vida.

- Tío, que estás empanado ¿quieres darle la vuelta al jamón? Estás tocando hueso.

La frase le sacó de su ensimismamiento de golpe. Pero tan pronto como procedió a cumplir la orden, y mientras afianzaba sobre la pinza la otra mitad de la pata sin empezar, se dio cuenta de que tenía entre sus manos la metáfora perfecta. Llevaban muchos días disfrutando de aquel delicioso manjar, poquito a poco, con la sensación de que les quedaba por delante un número casi infinito de degustaciones, innumerables lonchas por cortar y maravillosos sabores que paladear. Y todavía estaban dándole la vuelta. Frente a él se abría una mitad entera para seguir disfrutando... solo que el mero hecho de darle la vuelta arrojaba luz sobre un hecho incontestable: ya no habría otra nueva mitad. Una vez empezasen a cortar, seguirían hasta que no quedase nada, absolutamente nada más que  hueso incomible. Se acabarían el sabor, el disfrute, y la maravillosa anticipación que los preceden. 

No quedaría nada. Nada. La palabra resonó en su mente. Sintió un escalofrío.

Pensando que pronto vendrían a exigirle que siguiera cortando, se dijo que más le valía empezar. La realidad era que no se podía hacer nada. Todo estaba en contra, desde las mismas leyes de la termodinámica. La entropía no perdona, pensó. Así que más le valía no perder tiempo en lamentarse. Disfrutaría cada loncha de jamón tanto como pudiera, sin obsesionarse con el número restante. Era difícil para una mente acostumbrada a la medición, la observación y el rigor; pero también estaba muy entrenado para la ensoñación, la imaginación y la creatividad. Así que buscaría nuevas maneras de disfrutar la otra mitad. La única mitad. La última mitad.

Se metió una primera, finísima y sabrosa loncha en la boca, y dejó de darle vueltas al asunto. Al fin y al cabo, un cumpleaños era para disfrutarlo.


8 comentarios:

  1. Estoy convencida de que cuando no te queden dientes serás capaz de hacer muuuchas sopas con el hueso del jamón!Habría que estudiar como el Humor afecta a la metilación del DNA o combate los radicales libres..igual nos sorprendemos :)

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