domingo, 11 de febrero de 2018

#11febrero: mujeres a tope, a tope de mujeres bioédicas

Vuelve a ser 11 de febrero y volvemos a celebrar el día de la mujer y la niña en la ciencia. Como últimamente vivo a toda prisa, no voy a entrar en justificar porqué pienso que se deba celebrar este día, ni si la forma en que lo hacemos es la adecuada: para eso la red se ha plagado desde hace unos días (lo cual está muy bien) de artículos interesantísimos y bien documentados, como este de mi amiga Cristina Escandón, una de las mentes maestras detrás de Principia. De hecho, yo mismo he contribuido a celebrar este día con una breve historieta para la web, donde hablo de una mujer oculta durante años en torno a uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la biología, y de la Ciencia, con mayúsculas, en general; allí ya me he explayado bastante.

Así que en el post de hoy voy a limitarme a proporcionar un puñadito de ejemplos de mujeres científicas cuyas carreras me parecen tan excelentes como prometedoras, y que suponen una mínima fracción de tantas que me encuentro en mi día a día. Los tres ejemplos corresponden a tres compañeras con las que he compartido laboratorio, en diferentes momentos. Podría haber escogido a muchas más, pero como ellas han sido las doctoraciones femeninas más recientes a mi alrededor (un hecho al que otras veces he dedicado posts individuales enteros, los buenos viejos tiempos...), no he tenido ni que preocuparme de buscar o cribar. Allá van.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Darwin volverá... en 2018

Hoy es un día histórico. Por primera vez en la Historia del Blog (que ya van a ser 9 años, que se dice muy pronto...) terminamos el año sin traer un video de nuestro amigo y vecino Darwin. Sí, lo sé, intentad contener las lágrimas; es un momento aciago, y sin duda supone un punto de inflexión. Muchas son las razones que han llevado a este punto, y ninguna de ellas tiene que veer con falta de ideas o de ganas: existen tres guiones terminados, así como varias ideas argumentales, esperando su momento para ser rodados. Este año el tiempo se nos ha echado encima, por no hablar de un ataque de lumbalgia de última hora; pero lejos de amedentrarnos, vamos a tomarlo con optimismo. Vamos a provechar para que esto sea un punto de inflexión, y gracias a la buena noticia de que el flamante director Lujancio (gracias al cual en este blog se ha llegado a las más altas cotas cinematográficas en lo que a cortos darwínicos respecta) por fin ha vuelto a instalarse en nuestro país, os garantizamos que pronto habrá más y mejores cortos. Cosas que nunca antes habéis visto. Una revolución en ciernes. cortos hechos con tiempo, dedicación, y sin presiones. Rompemos la tradición de la noche de fin de año, para garantizar al menos un corto al año, tal vez el día de Darwin el 12 de febrero. Ahí dejo la posibilidad, ya veremos si podemos cumplirla. 

Por lo pronto, cerramos el año con el único "corto" protagonizado por nuestro barbudo amigo: una aparición especial en directo en el evento Desgranando Ciencia, en su cuarta edición, que ha quedado registrada aunque la grabación no permite apreciar, por razones técnicas, la grandeza de la chorrada en cuestión. Pero sin duda fue un honor mandar un emisario ya que este año no pude asistir a tan célebre acontecimiento, y no tengo sino palabras de agradecimiento hacia los organizadores, y en especial hacia el amigo Óscar Huertas, que consiguió apañárselas para que el mismísimo Alfred Rusell Wallace mantuviera una conversación con nuestro barbudo favorito; y al incombustible Pakozoico por aceptar hacer la presentación, con una interpretación memorable. En  fin, ahí va el video de la sesión completa, y a partir de las 2h justitas (aproximadamente 2:01), podéis presenciar (parcialmente) la locura de reunión evolutiva:



Termino pues el año lanzando un mensaje de optimismo y esperanza: Darwin volverá, pero mientras tanto, disfrutad el fin de año y la entrada de 2018 con ganas de evolucionar. Ahí queda un dibujito, para que no se diga.





sábado, 30 de diciembre de 2017

Juegos en el aula, vacunas, y críos de 4 años

Hace unos meses me enfrenté a la tarea de contar mi profesión ante una clase de mocosos y mocosas de entre 3 y 4 años. Por mucho que al final haya llegado a considerarme un divulgador científico con cierta experiencia, hay que reconocer que este tipo de experiencias siguen suponiendo un reto. La cuestión es que para ayudarme en mi tarea, y tras mucho pensar qué podría hacer para llenar los 40 minutos de actividad (recordemos que estas personitas apenas pueden mantener la atención más de, digamos, un minuto y medio) decidí desarrollar una actividad de coloreado y pegatinas, algo muy resultón ante semejante público; y temáticamente, me centré en explicar las vacunas y cómo nuestro cuerpo aprovecha la vacunación para luchar contra las infecciones. He contado en el blog de la AMPA (la Asociación de Madres y Padres de Alumnos y alumnas, no la organización criminal) la experiencia, grosso modo; pero quería dejar constancia en el blog de la actividad propiamente dicha, puesto que al contarlo en su día por Twitter y mostrar los dibujos utilizados, encontré cierto interés e incluso demanda para utilizar los  dibujos. He pensado que tal vez algún profesional docente, pediatra o farmacéutico (así como cualquier progenitor o persona humana en general) podría aprovechar la idea, ampliarla o reciclarla, con lo que aquí va una breve explicación acompañada de los dibujos utilizados.

Aquí los dibujos preparados por un servidor (tampoco podéis pedirme mucho, estas cosas toca prepararlas la noche de antes aprisa y corriendo). Los dos de arriba son los policías (células del sistema inmunológico), el resto son microbios que podrían ser tanto buenos como malos, de ahí al ambigüedad de sus facciones entre la pasividad-agresividad y la simpatía.


1. Primero, hay que conseguir explicar a grandes rasgos lo que supone que en el cuerpo tengamos "bichitos" buenos como invitados, "bichitos" malos que nadie ha invitado, y "bichitos" que velan por nuestra seguridad, vigilando a unos y otros. Yo, por muy pequeños que sean los niños, introduzco siempre el concepto de células para referirme a los bichitos, pero es cierto que a estas edades poco se puede hacer que no suponga más confusión.

2. A continuación, se reparten los dibujos, que están todos repetidos (a base de fotocopias o impresora), habiendo menos "policías" y más "bichos", en general. Los bichos tienen aspecto más malote, con dientes, pinchos, y aspecto monstruil. Los policías, pues bueno... se notan que son policías y buenos (reconozco que me quedaron mucho más resultones los bichos malos). 

3. Se reparten los dibujos aleatoriamente, y se pide a los chavales que los coloreen, y que piensen si el bicho que les ha tocado es bueno o malo. Es fascinante ver cómo justifican su elección, y qué rasgos consideran "buenos" o "malos". 

4. Sutilmente, el docente escoge uno de los bichos con aspecto de malote (o con menos aspecto de mlaote, puede ser interesante esta opción) y le coloca un gomet rojo. Como están repetidos, puede buscar todos los que sean iguales y ponerles el gomet. O ponérselo solo a alguno de ellos, para darle un toque aún más interesante. IMPORTANTE: una vez elegido el que va a tener el gomet, el instructor debe reservar una copia del dibujo engometado para sí mismo.


Para los que no estéis en edad escolar, un "gomet rojo" es una pegatinita redondita de color rojo.

5. Cuando los dibujos estén coloreados (con asombrosos e hilarantes resultados, en general), se escoge a uno de los policías y al niño al que le ha tocado, y se lleva aparte. Se hace a los demás que formen un grupete todos mezclados, en medio de la clase.

6. Al policía elegido (al azar por favor, que si no se vuelven todos locos) se le ofrece la foto del bicho malote con el gomet. Gracias a ella, podrá reconocer cuáles de todos los bichos son automáticamente malos: solo aquellos que tengan el mismo gomet rojo. Esta es la vacuna; ahora el policía puede rastrear la clase, buscar los bichos con gomet, y apartarlos de los demás. El cuerpo está curado.

Obviamente se puede enriquecer la actividad cuanto se desee, hacer más específica, o más dramática; pero solo con esto, y simplificando mucho, los niños entienden conceptos muy básicos: hay bichos buenos, hay bichos malos; no hace falta que los policías ataquen a todos. Pero a veces puede haber infiltrados muy chungos, y las vacunas ayudan a encontrarlos y eliminarlos rápidamente. 

Bueno, la experiencia con los muchachos de la clase de miniLitos fue espectacular. Incluso me contaron que uno de sus amiguetes se fue unos días después, por primera ves en su vida, muy contento a vacunarse; bueno, todavía con ciertas reticencias, pero diciendo que esperaba que no le doliese porque sabía que había que ayudar a los policiás del cuerpo a eliminar a los bichos malos. Aparte de que los nanos quedaron encantados con sus dibujitos para colorear (ahora mismo tengo la nevera de casa llena de microbios de absurdos colores arcoiris...). 

Creo que  es especialmente sintomático acabar el año con esta entrada, puesto que denota un hecho incontestable: el blog está muy vacío, las entradas escasean, pero la divulgación a pie de calle la llevo a tope. Ojalá tuviera tiempo para plasmar aquí todo lo que hago. No estaría mal, para empezar, contar la charla que di hace un par de semanas en mi propio instituto de secundaria; sin duda, son dos extremos de experiencias divulgativas, una al comienzo de la etapa educativa, otra al final, justo antes de la universidad. Dos actividades que considero cruciales, y tremendamente importantes. Bien vale la pena tener el blog más abandonado, si es porque invierto el tiempo en hacer cosas así.

Pero claro, si encima vengo y lo cuento, pues doble éxito. A ver qué tal se presenta el 2018, en ese aspecto.

Seguiremos informando.



lunes, 13 de noviembre de 2017

Ningún laboratorio sin su Bata Woman

Hoy, Diana ha defendido su tesis doctoral. Ha sido una exposición con una defensa brillante, como no podía ser menos tras seis años de trabajo durísimo, de perseguir respuestas esquivas, de pelear con células pejigueras y de pasar horas y horas frente al ordenador analizando cómo esas neuronas extendían sus axones, de forma aberrante y renqueante, hasta poder deducir qué es lo que fallaba en su interior. Respuestas esquivas, como digo, y muy necesarias si uno quiere llegar a desentrañar los mecanismos moleculares que subyacen a patologías tan terribles e incomprensible como la ataxia de  Friedreich, una enfermedad minoritaria que afecta al sistema nervioso periférico. La portada de la tesis de Diana, en su versión libro, ha sido el dibujo de un niño: una especie de monstruo de aspecto divertido, la forma en que aquel niño diagnosticado de Friedreich intentó plasmar cómo se imaginaba el "bichito" que le explicaron era responsable de su enfermedad: la proteína frataxina, cuya función, por increíble que parezca y después de tantas tesis doctorales tan brillantes como la de Diana, sigue sin conocerse en su totalidad.

Podíamos quedarnos con este dato emotivo y en cierto modo desesperante; pero la intención de este post no es solo felicitar a Diana y a los que han dirigido su trabajo. Es resaltar que, además de ser una investigadora infatigable y tenaz, Diana ha sido siempre consciente de que era una mujer en un mundo de hombres, y que toda ocasión es propicia para llamar la atención sobre ese hecho. Así que, cuando pasó a formar parte de nuestro grupo y conoció  a mi famoso - en ciertos círculos reducidos; unas diez personas - personaje Bataman, me preguntó inmediatamente: ¿y no tienes ningún diseño para... Bata Woman?. Obviamente, mi misión estaba clara: no bastaba con miserables intentos anteriores. Hacía falta una Bata Woman. Meses después, Diana estaba a punto de leer la tesis, yo había visto una fantástica película llamada Wonder Woman, protagonizada por otra heroína llamada Diana, y estaba claro cuál debía ser el dibujo para regalar a mi compañera.

¿Pero sabéis qué es lo mejor de todo? Que una vez sentado entre el público, viendo a Diana defender a bata y espada su trabajo, me percaté de otra cosa. Dos de los tres integrantes del tribunal (incluyendo la presidenta) eran mujeres; una de las directoras de la tesis (la principal, realmente; ya sabéis cómo funciona eso), era también una mujer; y el laboratorio original donde se desarrolló la mayor parte del trabajo, estaba integrado en una inmensa mayoría por mujeres: entre el público pude ver a muchas de ellas. Un laboratorio del que han salido numerosas tesis, artículos científicos, descubrimientos de una calidad excepcional, en torno a la mencionada ataxia y otras enfermedades neurodegenerativas. Casi todo ello llevado a cabo por mujeres. No hay una ocasión mejor para hacer notar la absurda minoría de mujeres en los puestos más altos de las instituciones, a la cabeza de grupos punteros, dirigiendo universidades o centros de investigación. No tiene sentido, porque no refleja la realidad. Peor como siempre, buscando el lado optimista, hoy he tenido la sensación de que algo estaba cambiando, tal vez por el mero hecho de caerse por su propio peso. 

Es tentador decir que no hace falta heroínas, que ninguna Bata Woman va a llamar la atención sobre algo que poco a poco va a ir dejando de ser una triste realidad. Pero tampoco parecía que hiciese falta una película protagonizada por una heroína solitaria, y sin embargo ha supuesto una revolución, una inspiración inédita hasta entonces para miles de mujeres que, por fin, se han visto reflejadas en un campo, el cine de entretenimiento bélico-fantástico, donde siempre han sido alejadas del protagonismo.

No se me ocurre mejor símil: en el mundo hacen tanta falta Wonder Woman como Bata Woman.  Porque de heroínas, las pantallas y los laboratorios están llenos.

Solo que no las vemos.

jueves, 31 de agosto de 2017

Del laboratorio a los periódicos, pasando por el MIT: una sorprendente historia de ciencia básica, aplicada

Título alternativo: Más histonas, ¡es la guerra!

Hace unos días, nuestro grupo de investigación fue protagonista de una serie de folclóricos titulares:


Enlace a las noticias originales aquí, aquí, aquí, y aquí

Leyéndolos, uno se queda con la impresión de que estamos, como poco, salvando el universo y de paso nos vamos a forrar por alguna especie de milagro médico que hemos inventado. Obviamente, la cosa no es para tanto; pero sí es cierto que el proyecto es muy interesante y su desarrollo está yendo bastante bien, apuntando a poder convertirse en eso que está en boca de todos hoy en día: aplicar la investigación, aportar soluciones a problemas actuales. Siempre he intentado huir de esta obsesión con la aplicabilidad de la investigación científica y he defendido la búsqueda del conocimiento como meta en sí misma, pero también es verdad que emociona bastante trabajar en algo que esté tan cerca de ayudar en la práctica a mejorar la salud de la gente, hoy mismo, como quien dice. Y además, enfatizo, ADEMÁS, el hecho de haber llegado a este punto parte única y exclusivamente de haber comenzado la investigación en otra dirección totalmente distinta, que NADA tenía que ver con la aplicación médica, ni siquiera con la enfermedad a la que finalmente se puede aplicar lo que tenemos entre manos. Así que, de algún modo, me reafirmo en mi defensa de la investigación que busca responder preguntas, aunque dichas preguntas tengan el foco, más o menos lejano, en solucionar problemas.

Para poder responder a todas las dudas y comentarios que se me han hecho por twitter o en persona por todos cuantos se han topado con la noticia en alguna de sus variantes, y compartir la ilusión de participar en un proyecto tan estimulante, voy a responder las dudas que a un lector casual (ya sea científico o acienciado) le surgirían al intentar desentrañar la cantidad de información que viene condensada en la concisa nota de prensa. Lo voy a hacer así, literalmente: autopreguntándome y autocontestándome en un sano ejercicio de surrealismo paranoide blogueril, algo que nunca viene mal.

sábado, 1 de julio de 2017

La fiesta de la democracia... universitaria

La emoción se palpaba en los pasillos del departamento. Había muchísima más gente de la habitual. Caras jóvenes, nunca antes vistas fuera de los laboratorios, se cruzaban con rostros ajados, surcados por arrugas que hablaban de una cantidad de horas de docencia que pondrían en entredicho las leyes del espacio-tiempo. Cuchicheos y bromas nerviosas alternaban con un griterío de carácter gallináceo que sobresaltaba a los pocos estudiantes que todavía deambulaban por aquel lugar, despistados en su búsqueda de la cafetería o tristemente condenados a convocatorias extraordinarias desesperadas.

Pero entre todos los personajes que recorrían aquellos estrechos pasillos, destacaba uno, por la felicidad que irradiaba, la iluminación de su sonrisa deslumbrando las pupilas más sensibles, incluso a través de una frondosa barba tan densa que la propia luz tenía problemas en alejarse de ella. El dueño de aquella barba era el director del departamento, que sonreía y casi danzaba al caminar entre sus subordinados, puesto que para él se trataba de un día especial. En apenas unas horas, se convertiría en el director saliente.

Era día de elecciones.

Viñeta del gran Forges

viernes, 23 de junio de 2017

Un garbeo por Gravity falls

Hoy os traigo una reseña especial. He sentido la necesidad imperiosa de escribir sobre una maravilla de serie, constituida por dos temporadas de veinte episodios cada una y que conforman un todo homogéneo, coherente y, en definitiva, una narración asombrosamente bien ejecutada. Es una serie capaz de emocionar, de atemorizar, de hacer reír hasta la carcajada. Con personajes que pasarán para siempre a formar parte de nuestro corazoncito, y que nos retrotraen a lo mejor de los seriales o películas de nuestra infancia, haciéndonos sentir esa maravillosa sensación que solo se siente cuando eres un crío para el que los problemas y vicisitudes de la vida adulta no son más que una sombra lejana. Todos los adultos de este planeta deberían sentarse a ver Gravity Falls, desde el primero hasta el último de sus capítulos, y dejarse llevar durante lo que podría resumirse como el verano más alucinante, asombroso e inolvidable de toda una vida. Pero muchos, muchísimos se perderán esta maravilla, porque es una serie de dibujos animados. Dibujos de la factoría Disney, protagonizados por niños pequeños, con una temática aventurera y fantástica. Pero hay tanto, tanto más debajo de esa aparente nimiedad, que necesito escribir sobre ella. Quiero compartir la emoción y el entusiasmo que he sentido durante estas semanas, en las que aguardaba el final del día para deleitarme con uno  o dos capítulos que me alejasen durante apenas media hora de la locura y el vértigo del día a día de investigador profesor pluriempleado padre de familia y aficionado a la divulgación. Demasiadas facetas como para, además, dejar morir al niño que llevamos dentro. Con este visionado he alimentado a ese niño para todo el año. Y quiero compartirlo con todos aquellos que pudieran beneficiarse igualmente de semejante terapia.

Os invito a venir conmigo, subiros a un autobús medio vacío y acompañarme a esa remota localidad donde suceden cosas extrañas... démonos un garbeo por Gravity falls.



Nota: considero la reseña sin espoilers, pero si queréis disfrutar de verdad de la serie, NO SIGÁIS LEYENDO: id a verla, y luego volvéis. Lo agradeceréis.

martes, 13 de junio de 2017

Fin de la Segunda parte: sin regreso.

Por alguna razón siempre cambio de tercio por esta época del año. En una ventana del calendario muy muy cercana a mi llegada a estas tierras. Efeméride que mi señora madre celebra como la antítesis de mi cumpleaños. Y para seguir la tradición aquí traigo unas notas chabacanas y algunas reflexiones absurdas sobre mi segundo postdoc. Un periodo de pelín más de 4 años, entre las paredes de uno de los institutos del todopoderoso Max Planck alemán.


jueves, 11 de mayo de 2017

Octavo cumpleblog: se cierra un ciclo

Hace un poco más de ocho años, me encontraba en ese vacío existencial que sucede a la defensa de una tesis doctoral. En realidad, no era un vacío propiamente dicho, puesto que ya estaba empezando mi etapa postdoctoral. Pero entre las inquietudes que normalmente suceden en ese curioso interludio, había una cuyo gusanillo me había picado y amenazaba con propagarse cual infección descontrolada. Se trataba de la necesidad de dar rienda suelta a una serie de ideas, de gérmenes de historietas, de anécdotas que necesitaban ser contadas. Como bien sabéis los que aún leáis esta bitácora, todo ello dio lugar a la creación de este refugio para frikientíficos, lugar de escape para las más alocadas imaginaciones surgidas entre pipeteos, vertedero de rabietas profesionales y muchas, muchas cosas más a lo largo de los años que sucederían. Entre ellas, debo destacar la participación de una persona muy importante. Alguien que apareció por estas páginas como "becario del blog", dejando su impronta científico-lúdica en pocas pero muy sonadas y épicas ocasiones. Por muy absurdamente loco que sea este bloj, nunca dejó de ser una especie de reflejo malsano de la vida real, la que transcurría entre bancadas y batas blancas. Y efectivamente, en la vida real también había un recién llegado al laboratorio. Un joven, en la máxima acepción del término (casi nos da algo cuando confesó que era nacido en el 90 y no sabía quién era Kurt Cobain). En segundo de carrera. Vino a hacer prácticas al laboratorio y tuvo la desgracia de caer bajo mi tutela. Al año siguiente repitió. Y al otro. Luego quiso hacer en nuestro laboratorio el trabajo de fin de grado, y se lo dirigí. Luego repitió con el de fin de máster, y ahí estaba yo de nuevo (toda esta historia, en mayor detalle, fue narrada aquí en su momento). Estaba ya enganchado sin remedio, cautivado por las fascinantes propiedades bioquímicas de laforina y sus escarceos celulares con malina.

Dentro de menos de un mes, defenderá su tesis doctoral.


Necesitaría tres o cuatro posts para narrar las aventuras y desventuras que hemos pasado como binomio de científicos: alegrías y sustos, decepciones y sorpresas, jornadas eternas, aprendizajes, collejas y correcciones, enriquecimiento mutuo. Cuando uno enseña, y esto no se dice tanto como se debería, a su vez no hace más que aprender. Si encima las personalidades son tan afines, y el sentido del humor tan coherente (es decir: my, muy estúpido), los momentos divertidos son incontables. Así, Pablunchu acabó escribiendo en el blog, yo acabé viéndole dar conciertos de piano, intercambiamos libros, cómics, películas... y con él dirigí mis primeros trabajos científicos, publiqué mi primer artículo como autor de correspondencia, y, finalmente, co-dirigí mi primera tesis doctoral.


Batman y Robin, Han Solo y Chewbacca, Rick y Morty, Astérix y Obélix, Frodo y Sam... todos palidecen ante este asombroso dúo. 


Y esa es finalmente, la razón de que el tema escogido para celebrar este octavo aniversario sea la tesis de Pablunchu. Todo esto empezó con una tesis recién leída, y ocho años después... no digo que vaya a terminar, pero desde luego que vaya a leerse otra tesis en la que he participado tan activamente, esta vez como Obi-Wan más que como Luke, sin duda es un broche de oro para un ciclo único e irrepetible. Ahora peino más canas que cuando esto empezó, y entre todas las cosas que he aprendido, destaco una de ellas: las etapas en la vida pasan. Los ciclos se cierran. Sencillamente. A veces nos dolerá más, a aveces menos. De cuando en cuando el siguiente ciclo será parecido, incluso indistinguible al principio. Pero el cambio, como bien nos enseñó mi querido Darwin, es imparable. 

Ya va a hacer cuatro años desde que dejé definitivamente el laboratorio de mi primer postdoc, y me siento afortunado de seguir cerca, de continuar colaborando con mi exjefe y mis excompañeros, pero especialmente feliz de haber podido seguir medio dirigiendo, en la distancia, la última etapa de esta fase tan increíble (por calificarla de forma neutra, pero justa) que es la tesis doctoral de un científico de tomo y lomo. El primer paso - como diría precisamente Obi-Wan Kenobi) hacia un mundo sin límites. Y no me extenderé más, puesto que la lectura y la transformación del muchacho en doctor merecerán su propio post. Pero vaya por delante este pre-homenaje, en un día tan señalado como el aniversario de ¡Jindetrés, sal!. Nunca pensé que aquel blog que abría tímidamente, acabaría acogiendo momentos como este. Puedo darme por satisfecho.

Y a mi pupilo, a punto de convertirse en Dr. Pablunchu, podría decirle muchas cosas, pero voy a coger aire, levantar el mentón bien alto, y con pose orgullosa, sonrisa de aprobación y voz profunda, me limitaré a exclamar:

Gracias, chico. Y buen trabajo.

viernes, 17 de febrero de 2017

Haz una tesis (agridulce celebración de cumpletesis)

Hoy se cumplen 8 años desde que defendí mi tesis doctoral. Casi todos los años encuentro alguna razón para conmemorar este acontecimiento, y me resulta bastante fácil decidir cómo enfocar el post de celebración. Para mi, la época de la tesis fue tan satisfactoria y llena de cosas buenas, que podría seguir llenando posts, aniversario tras aniversario. Para este año había pensado, sencillamente, hacer un llamamiento al placer de hacer una tesis doctoral no por razones estrictamente profesionales (es decir, como paso imprescindible para trabajar en investigación, o para adquirir una titulación que abra otro tipo de puertas laborales), sino intelectuales. Por el placer que supone estudiar un tema, el que sea, por el mero hecho de desentrañar sus misterios. Por la satisfacción de crear un trabajo original, de desengranar los entresijos de un tema específico, de forma que nadie haya hecho antes. Por el aprendizaje que supone utilizar las experiencias, observaciones, y lecturas y con ellos confeccionar un puzzle con sentido, que ilustra mecanismos, fenómenos, acontecimientos y aportan un granito de arena a la playa del conocimiento humano. Hacer de dicha playa un auténtico bastión, capaz de resistir el embate de las olas con el tiempo, convirtiéndose en una imponente montaña que sobresalga y se cierna ante el mar de la ignorancia y lo desconocido, es algo que solo se consigue estudiando y analizando todo lo que nos rodea y nos antecede. Biomedicina, física, historia, filosofía, arte, tecnología, matemáticas... no voy a enumerar todas las disciplinas del saber pero lo que quiero resaltar es que cultivar todas ellas es crítico para que avancemos como sociedad. Como especie. Como grupo de individuos que se preocupan de seguir mejorando sus condiciones de vida y las de los que vendrán después.  

Por si todo esto no fuera poco, a nivel personal, y si uno tiene suerte (o se la sabe buscar, que la suerte también hay que trabajarla un poco), la tesis se convierte en un periodo de aprendizaje y formación, sí, pero a muchos niveles. Amistades, experiencias, viajes, superación de obstáculos, organización del trabajo, cooperación y esfuerzo colectivo, comunicación de ideas... como digo, podría escribir páginas y páginas sobre todo lo que la tesis me enseñó y los placeres que me proporcionó. Junto con muchos disgustos, esfuerzos, y malos ratos, cómo no. Pero mi balance global siempre es bueno. Lo cual no significa que lo sea para todos: pero una vez pasado el trance, pocos serán los que se arrepientan de haberse metido en semejante berenjenal. Y de hecho, es una gran lástima la cantidad de gente que termina por dejarse la tesis, o que la recuerda con amargura, a menudo por culpa de jefes incompetentes, o ambientes de trabajo nocivos que mancillan lo que debería ser una experiencia dura, pero gratificante.

Y aquí es donde entra la nota amarga en el cumpletesis de hoy. Porque mi intención, como digo, era alabar las grandezas de la tesis doctoral, y animar a los jóvenes a decidirse por este camino, desoyendo las voces pesimistas y extremadamente utilitaristas que denostan todo aquello que no suponga un gran reembolso económico, una practicidad inmediata, una renta automática del esfuerzo. Pero antes de terminar siquiera de escribir estas líneas, me encontré, ayer mismo, con esta noticia:


Y qué queréis que os diga. Que casi ni me sobresalto cuando leo esto. Que ya llevo años constatando que la impresión que tuve durante mi propia tesis, esa sensación optimista de que todo iba poco a poco a mejor, se ha ido desvaneciendo paulatinamente. Formé parte de esa generación de doctorandos que veía con alegría cómo su beca se convertía en contrato, cómo empezaba a cotizar a la seguridad social, cómo podía empezar a pensar que realmente la etapa "de formación" se iba convirtiendo paulatinamente en una auténtica carrera profesional. Lamentablemente, todo esto se esfumó con la crisis, y la realidad muestra que tal vez siempre fuese un espejismo. A nuestro país no le interesa la ciencia, ni quienes la hacen. Aunque el doctorando sea un trabajador a todos los efectos, con sus riesgos laborales, sus horarios intempestivos, su productividad incesante y continuamente evaluada, por mucho que se encuentre en el proceso de obtener otro grado académico (el más alto al que se puede aspirar, por cierto), será siempre visto como un eterno estudiante, un currante vocacional, no muy diferente de los artistas y "titiriteros" que pretenden osadamente vivir "del cuento" de crear cultura y ocio para el resto de sus congéneres. 

Así, la universidades se llenan de docentes desmotivados a los que no interesa enseñar, sino poder seguir trabajando en ciencia aunque sea a ratitos cortos; los centros de investigación que podrían ser punteros, se vacían; y los que de verdad quieren marcar la diferencia, deben viajar a otros lugares.
Es triste para un defensor a ultranza de la ciencia en España y de la necesidad de crear precedentes en nuestro país, tener que rendirse a la evidencia. Hacer una tesis doctoral es una experiencia magnífica, necesaria, útil para el individuo y para la sociedad. Animo a cualquiera a que la haga. Pero debe saber que en el panorama actual, solo existen unas pocas opciones para lanzarse a semejante empresa.

La primera, es elegir un grupo de investigación en otro país y pensar en desarrollar en el extranjero una productiva carrera investigadora.

La segunda, es quedarse y asumir las precarias condiciones laborales, vivir cada año con el corazón en un puño, y aspirar como mucho a poder jubilarse dignamente antes de los 80 años.

Pero me gustaría terminar hablando de una tercera opción. Una que implica luchar. Dar un golpe en la mesa y gritarle a los que toman las decisiones que ya está bien. Personalmente, llevo muchos años luchando de este modo. Y no ayuda mucho ver que lo que tantos otros antes que nosotros consiguieron, a base de este tipo de luchas, se pierde como lágrimas en la lluvia con tanta facilidad. Puede que este sea un aniversario agridulce, pero no quiero seguir ahondando en el pesimismo. Yo voy a seguir luchando, si no por mí, por aquellos que finalmente se decidan por seguir este camino.

Aunque entenderé, mal que me pese, que tarde o temprano no quede nadie a quien animar.