domingo, 11 de febrero de 2018

#11febrero: mujeres a tope, a tope de mujeres bioédicas

Vuelve a ser 11 de febrero y volvemos a celebrar el día de la mujer y la niña en la ciencia. Como últimamente vivo a toda prisa, no voy a entrar en justificar porqué pienso que se deba celebrar este día, ni si la forma en que lo hacemos es la adecuada: para eso la red se ha plagado desde hace unos días (lo cual está muy bien) de artículos interesantísimos y bien documentados, como este de mi amiga Cristina Escandón, una de las mentes maestras detrás de Principia. De hecho, yo mismo he contribuido a celebrar este día con una breve historieta para la web, donde hablo de una mujer oculta durante años en torno a uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la biología, y de la Ciencia, con mayúsculas, en general; allí ya me he explayado bastante.

Así que en el post de hoy voy a limitarme a proporcionar un puñadito de ejemplos de mujeres científicas cuyas carreras me parecen tan excelentes como prometedoras, y que suponen una mínima fracción de tantas que me encuentro en mi día a día. Los tres ejemplos corresponden a tres compañeras con las que he compartido laboratorio, en diferentes momentos. Podría haber escogido a muchas más, pero como ellas han sido las doctoraciones femeninas más recientes a mi alrededor (un hecho al que otras veces he dedicado posts individuales enteros, los buenos viejos tiempos...), no he tenido ni que preocuparme de buscar o cribar. Allá van.


En el número 1, tenemos a Carla Rubio, experta en la enfermedad de Lafora cuya tesis doctoral nos ha traído un amplísimo y detallado panorama de los mecanismos moleculares relacionados con el metabolismo del glucógeno, y que están alterados en esta terrible patología. Carla fue discípula directa de otra gran compañera, Ada García (conocida por estos lares como Fairygu) que daría para otro post, pero será en otra ocasión. Este tándem de dos se las apañó para hacer de la medida del glucógeno celular un auténtico arte, y para incorporar al laboratorio técnicas para sustituir otras que llevábamos años usando con resultados bastante penosos, como el caso de la técnica de inmunoprecipitación con antiucerpos de alpaca (tal cual suena) que a Pablunchu y servidor nos ha sacado adelante más de un artículo, sin ir más lejos. Innovación de la buena, la famosa i chiquitita del I+D+i. La tesis de Carla fue alucinante, como su trabajo diario en el laboratorio: rigurosa, directa, fácil de entender, bonita de ver... un espectáculo. Tesón, perseverancia, paciencia... son virtudes que ella domina y que yo envidio, pero sobre todo porque siempre han ido unidas a una personalidad afable y con un buen humor, combinación que es raro encontrar en nuestro mundillo. Si alguien es bueno con los cacharros pero está siempre dispuesto a ayudar, a compartir las técnicas que desarrolla y las mejoras que descubre, a saber qué estás haciendo y a contarte lo suyo... quédate cerca de esa persona, oh joven investigadora, porque solo sacarás provecho. Hasta aquí el consejo abuelo-cebollético del día.


En segundo lugar, Carmen Muñoz, una auténtica fuerza de la naturaleza. Carmen es de esas personas que son pura pasión, un huracán que no se detiene ante ninguna adversidad. Visceral para lo bueno y para lo malo, su personalidad le jugaba malas pasadas cuando todo salía mal (algo muy común en ciencia), pero a su vez le confería la entereza necesaria para hacer lo que nadie había hecho antes en el laboratorio. Carmen decidió arriesgar al elegir un tema de tesis que se alejaba de los puntos fuertes del grupo, decidiendo abordar la compleja faceta neurológica de la epilepsia de Lafora... y desde mi punto de visa, acertó de lleno. Tuve el grandísimo honor de figurar en su tribunal de tesis, iniciándome en tan desagradecido rol, y no podía haber deseado mejor estreno. Aunque conocía los inicios de su trabajo, leer en profundidad la tesis, descubrir todo lo que había hecho y aprender tanto como aprendí, fue un auténtico regalo. Carmen es muy crítica consigo misma, y cuando lea estas líneas me dirá que soy un exagerado y un mentiroso; pero espero que esa actitud la lleve a seguir queriendo mejorar y no detenerse ante nada, y seguramente será de esas mujeres que dejan de estar en la sombra para ser un modelo a seguir para tantas otras.



Y finalmente, Marta Seco Cervera, a quien conocí en internet antes de formar parte de su grupo de investigación, en el que me he establecido recientemente. Marta era otra de esas infatigables doctorandas, de las que no se arrugaban cuando los experimentos decidían irse por peteneras. Ella se lo tiraba todo a la espalda, se iba de tapeo con los compañeros y "mañana será otro día". Una investigadora pragmática y resolutiva cuya tesis es un viaje a través de dos enfermedades diferentes, abordadas desde perspectivas distintas, y obteniendo resultados sorprendentes. Además de desentrañar los misterios moleculares de la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth y la ataxia de Friedreich, con sus resultados ha conseguido descubrir una molécula que puede utilizarse para predecir el desarrollo de esta última patología en cierto grupo de pacientes que sufren terribles complicaciones a nivel cardiológico; un rayito de esperanza en la oscura desesperación de los que padecen enfermedades minoritarias, y un broche de oro para una trayectoria intachable, que se ha visto recientemente recompensada con la distinción de la medalla García-Blanco. Ojalá, algún día, Marta pueda realmente disponer de un ejército de minions (o minians), como predije visionariamente en el dibujito que le regalé el día de su lectura de tesis, para forjar nuevas investigadoras que sigan sus pasos.




Y hasta aquí mi  repaso a tres grandes carreras, tres grandes científicas, tres mujeres a tope de energía, pero solo tres entre los cientos de mujeres que pululan por universidades, centros de investigación y hospitales. Porque la biomedicina está a tope de mujeres, aunque no las veáis. Y es importante que se vean, porque si no, los estereotipos, las falacias y los muros se imponen. Una vez estén ahí delante, ellas ya se encargarán de no defraudarnos y demostrar que lo merecen por  méritos propios.


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