viernes, 11 de mayo de 2018

En defensa de la vocación


Hay una palabra que está adquiriendo una connotación cada vez más negativa, en estos tiempos de continuo acoso y derribo de la profesión científica. Se trata del concepto de la "vocación". Un término que ha ido acompañando gran parte de las reivindicaciones en contra de la precariedad laboral en la ciencia. Durante muchos años, y no hace tanto de esto, se asumía por gran parte de la sociedad que la investigación, en cualquier campo del conocimiento, era algo que se hacía por vocación. Una afirmación que, como todo en la vida, tiene parte de verdad y es susceptible de malinterpretarse. Intentaré explicarlo, porque el asunto tiene más miga de la que aparenta.




La nuestra es una profesión que tiene que gustar. Nadie hace investigación por ganar dinero (vale vale, puedo escuchar vuestras carcajadas desde aquí...), ni por mejorar su posición social. En todo caso, lo hace por razones, casi podríamos decir, filosóficas: por mejorar el mundo, por dar respuesta a interrogantes que nos desconciertan, por saber más acerca de un tema concreto.
Estas razones no tienen nada de malo. Tampoco las hace mejores que las que mueven a quien elige un trabajo por estabilidad, por ganar mucho y vivir desahogado, o por viajar. Pero en sí mismas son razones nobles y que a la vez producen un retorno muy gratificante, en forma de satisfacción personal y enriquecimiento intelectual. E incluso podríamos decir espiritual, si se me permite la acientífica licencia. ¿Dónde está el problema, entonces?

El problema empieza cuando este interés personal por el trabajo justifica prácticas horribles. Cuando fomenta la injusticia y la explotación. Cuando minimiza factores tan importantes en la vida de un ser humano como el tiempo libre, la vida personal, la autoestima, o la dignidad económica, en favor de una supuesta carrera infatigable hacia un éxito en el que somos los primeros interesados: queremos hacer una tesis doctoral, nuestra tesis, queremos publicar artículos, engrosar el currículo, poder tener acceso a nuevos puestos de trabajo en un campo muy, pero que muy competitivo... Pero en nombre de la vocación se han perpetuado prácticas laborales inmundas que van desde horarios absurdamente prolongados, hasta la no remuneración, directa y llanamente. Las historias de becarios son un género de terror en sí mismo. El propio término lo deja claro: el trabajo de investigación es algo propio de gente que cobra por becas, una especie de premio a la intelectualidad, que te permite seguir dedicándote a un hobby raruno, pero cobrando un dinerillo para tus gastos personales. Afortunadamente, con el paso del tiempo se fueron tomando medidas para reducir la omnipresencia del concepto de becas, y sufragar mediante contratos de investigación las primeras etapas de la carrera investigadora. De forma harto mejorable, todo sea dicho. En la actualidad, la investigación sigue siendo un campo precario, en su gran mayoría, y la lucha sigue siendo necesaria. Y esto nos lleva a un punto clave.




Porque como hemos explicado, gran parte de este descarrilamiento en la concepción del trabajo de investigación, tiene su origen en el concepto de la vocación. Ese sigue siendo el meollo. Hay carreras vocacionales, de las que nadie espera tomarse en serio una dedicación profesional. Me viene a la cabeza cualquier profesión relacionada con el arte: un artista quiere expresar sus ideas, necesita dar rienda suelta a su creatividad... pero si quiere ganar dinero con ello, eso es otra cosa. O confía en un golpe de suerte que puede no llegar nunca, o se busca un mecenas que financie su caprichosa trayectoria, o directamente se busca otro trabajo del que vivir, mientras lo del arte queda relegado al "tiempo libre". Cualquiera de estas soluciones han pasado por la mente de más de un becario de investigación, estoy seguro; y es una prueba más de que debemos tender puentes con otras profesiones, tanto para aprender de lo bueno como de lo malo. Por lo tanto, y volviendo a lo que nos ocupa, es muy común encontrar que gran parte del discurso reivindicativo de las condiciones laborales en el mundo de la investigación arremeta contra este concepto de la vocación, hasta el punto de llegar a criticarse duramente las iniciativas de divulgación que buscan estimular el interés de los jóvenes y jóvenas por determinadas carreras y campos profesionales. Efectivamente: eso que llamamos estimular vocaciones.

Ahora sí estamos donde yo quería.

Ya hace tiempo que escuché por parte de algunos compañeros jóvenes, de los más desencantados con la profesión, que eso que hacía yo de "divulgar la ciencia" contando sus bondades y maravillas era una trampa mortal. Que debía contar más la miseria y maltrato que son inherentes a la profesión, antes que las satisfacciones personales, lo estimulante que pueda llegar a ser, lo divertido de trabar en un laboratorio, o el bien para la Humanidad que pueda suponer el progreso científico y tecnológico. Me lo han dicho, sobre todo, cuando he acudido a citas donde mi audiencia eran estudiantes, ya fuese de primaria o de secundaria. Algo que empecé haciendo de motu propio, cuando me invitaba algún conocido, y que ahora he comenzado a hacer de forma más oficial, al inscribirme para formar pare de una iniciativa llamada, literalmente, Estimulando vocaciones científicas, creada por la Càtedra de Divulgació Científica de la Universitat de València. Apenas inscribí mi propuesta de charla, recibí varias invitaciones, y de hecho para cuando se publique este post habré tenido el orgullo de hablar a los estudiantes del IES La hoya de Buñol, el que considero mi pueblo adoptivo. Si leéis la reseña de mi propuesta, podréis comprobar que ya hago hincapié en que voy a a hablar de la profesión científica y de hasta qué punto somos raros los investigadores. Sí, es una gracieta a razón del tema de nuestra investigación, las enfermedades raras; pero me da pie para introducir lo raro que es dedicarse a la investigación científica hoy en día.



Porque ante las críticas antes mencionadas, siempre he respondido lo mismo. Yo divulgo todo. Las cosas maravillosas, las cosas terribles. No recuerdo una sola charla donde no haya metido la cuña reivindicativa sobre lo mal que está la profesión científica o lo poco que se valora la investigación como profesión en nuestra sociedad. Siempre cuelo alguna foto de nuestras manifestaciones, o menciono alguna decepcionante noticia de actualidad respecto a los recortes en I+D. No tiene sentido ocultarlo. Es más: debemos contarlo. Tampoco edulcorar la realidad: el sistema de publicaciones científicas, con su revisión por pares y sus índices de impacto, está en entredicho, la accesibilidad de la información no es fácil ni barata y a menudo cuesta separar el grano de la paja para saber quién hace buena o mala ciencia, qué trabajos son fiables, cuáles están en proceso de ser corroborados o refutados, y hasta qué punto el tiempo dará la razón a unas hipótesis frente a otras aparentemente contradictorias. No vamos a curar enfermedades, tal vez ni a ver el fin del cáncer o el Alzheimer pese a vivir en una época privilegiada con una tecnología genética que hace apenas diez años era pura ciencia ficción. Mucho de lo que hacemos no lleva a ninguna parte, más allá de acabar formando una bonita tesis (o una tesis para salir del paso, que tampoco pasa nada por reconocerlo). Pero todo eso no significa que debamos dejar de explicar lo maravilloso que es que existan profesiones dedicadas a la búsqueda del conocimiento. A dar respuesta al funcionamiento del mundo. A poner la primera piedra para hallazgos e invenciones que cambiarán nuestra vida tarde o temprano. Es algo que debería resultar más que obvio. No tiene sentido luchar por algo que no nos importa, ni nos interesa, ni mucho menos nos apasiona. Y ese es el mensaje que intento transmitir con mis charlas, y que si pudiera subirme en un pedestal y enarbolar un altavoz, para dirigirme a esas nuevas generaciones de posibles científicos que todavía se lo están pensando, sonaría como algo parecido a esto:

No dejéis de perseguir vuestros sueños. No dejéis de intentar dedicaros profesionalmente a lo que más os gusta. Es legítimo dedicar una vida entera a la búsqueda de respuestas. Pero que no os engañen: ese potencial humano, movido por el motor más eficiente que puede existir, esa pasión que nace de lo más profundo de nuestro ser, no es gratis. Hay que cultivarlo, hay que ejercitarlo, hay que aprender a explotarlo de la manera adecuada. Y eso es imposible sin apoyo. Apoyo institucional, apoyo de vuestros mentores, apoyo por parte de toda la sociedad. Esa es la razón por la que debemos seguir trabajando e investigando, contra viento y marea, y animando a los que vienen detrás a que lo sigan haciendo, a que sigan luchando, contando su lucha, exigiendo justicia, siempre sin ocultar lo más mínimo que aquello por lo que luchamos es bello, es apasionante. Es necesario, no solo por mejorar nuestra sociedad ni el futuro de nuestros descendientes, sino porque es lo que nos hace humanos. Perseguir los sueños y convertir los imposibles en realidades.

Hasta aquí el hipotético discursito. En mi cabeza sonaba más épico, la verdad.

Creo que ha quedado bastante claro; pero antes de cerrar, una reflexión final. Hoy en día, en este mundo polarizado de las redes sociales donde opinar algo automáticamente posiciona al opinador, lo pretenda o no, en las antípodas de una supuesta opinión diametralmente opuesta, cuesta defender cuestiones como esta. Asistí hace unos meses al machaque sufrido por un compañero redactor en Principia que escribió precisamente sobre sus comienzos en el mundo de la investigación, durante los cuales pasó mil y una penurias, trabajó gratis, y padeció mucho sufrimiento. Su historia pretendía, no obstante, resultar optimista e inspiradora, puesto que el final era feliz: pese a no ser un estudiante de brillantes calificaciones y por tanto candidato a grandes ayudas económicas, consiguió trabajar en el puesto que ansiaba como nada en el mundo. Y pretendía animar a otros estudiantes, en situación parecida, a no cejar en el intento. Esta bienintencionada historia fue recibida por mucha gente como una escandalosa incitación al trabajar gratis, al soportar todo tipo de vejaciones laborales con tal de conseguir dedicarse a la ciencia. Creo que esta interpretación es un poco extrema; alguien ha contado su experiencia, con sus luces y sombras, y al contarla espera que los demás aprendamos de sus errores y nos aprovechemos de sus aciertos. No entiendo, y esta es la razón de escribir el post en un día tan señalado como hoy, el noveno aniversario de un lugar que nació como divertimento y ha terminado por ser en cierta medida un referente para personas que han querido dedicarse a trabajar en ciencia, o a hablar y escribir sobre ciencia. No entiendo, como digo, que denostemos y despreciemos la inspiración, la intención de informar, de animar, de mostrar el lado bello de las cosas. Imagino que hay quien leerá mis palabras sobre lo que puede sentirse al trabajar en ciencia y le producirán sarpullido, me tachará de jipi revenido, de idealista, de habitante de los mundos de Yupi. Pero me da igual. Es más, me atrevo a reivindicar, en estos tiempos de crítica sin piedad y de cinismo omnipresente, a reivindicar lo apasionante, lo visceral, lo idealizado, y lo romántico. Tenemos que amar aquello a lo que nos dedicamos, sea lo que sea. Como especie, como responsables de lo que está pasando en el mundo a nuestro alrededor, con nuestros congéneres y descendientes, no podemos permitirnos bajar la cabeza y sumirnos en el pesimismo. Hay que buscar el lado luminoso, luchar con uñas y dientes, sí, pero sabiendo que aquello por lo que luchamos va a iluminar nuestra vida y las de quienes nos seguirán.

Por favor os pido, como regalo de cumpleblog, que no dejéis de hablar de ciencia, a todos aquellos que lo hacéis, cada vez más y de formas más diversas: divertid, apasionad, enseñad... haced lo que queráis, pero no cerréis al mundo esa ventana hacia una profesión fascinante y que ha producido auténticas maravillas. Si esa es vuestra vocación, tanto trabajar en ciencia como hablar de ella, perseguidla. Cultivadla, y exigid para ella el respeto que se merece. Porque nada en esta vida es gratis. Pero lo que podemos perder si no lo hacemos, puede resultarnos muy caro.

Pero tranquilos, que aquí seguiremos contra viento y marea. Aunque sea a tres o cuatro posts por años... por mi parte habrá ¡Jindetrés, sal! para unos cuantos años más. 

Nos leemos.

2 comentarios:

  1. El discurso suena suficientemente épico. Qué bueno que se dedica a lo que se dedica. Gracias por seguir en el camino.

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    1. Muchas gracias Silvia por el comentario, aquí seguiremos mientras el cuerpo aguante (y nos dejen...)
      Un saludo!

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Como dijo Ortega y Gasset, "Ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión"...

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