viernes, 24 de agosto de 2018

Merlín, científico y educador


Si uno repasa el dilatado y variopinto catálogo de producciones de la factoría Disney puede encontrar desde auténticas joyas de la animación tradicional, dentro de los cánones más clásicos, hasta arriesgados y vanguardistas relatos. Pese a la fama de uniformidad tanto formal como temática de estas películas, realmente el ojo experto puede hallar películas harto inclasificables y joyas por descubrir para el gran público. Hoy quiero hablaros de una de estas rara avis que no destaca, precisamente, por su calidad técnica, su calado dramático o por constituir una narración especialmente emocionante. De hecho, no creo que destaque por nada en especial, más allá de ser la única aproximación animada al mito artúrico de la mano de Disney.


Estoy hablando de la película Merlín el encantador (The sword in the Stone, Wolfgang Reitherman, 1963), uno de los films menores en la historia de la compañía que en su día no cosechó gran éxito ni de crítica, ni de público. De hecho, mi recuerdo personal de verla siendo crío consiste en echarme unas buenas risas con algunos gags, intrigado como ya estaba entonces por todo lo concerniente al mito del Rey Arturo, la espada Excalibur y el hechicero Merlín… y sentirme tremendamente defraudado cuando la película acaba de sopetón, tras unos 70 minutos en los que no acontece prácticamente nada, y con una extracción de la espada de la piedra tan decepcionante como anticlimático resulta el final de la película, en general. Se quedaba uno con la sensación de que se hubiesen quedado cortos de presupuesto y hubiesen rodado un primer episodio de una saga que ya nunca arrancaría… si bien el metraje contiene algunas secuencias bien graciosas y con ese toque de originalidad al que me refería al principio, y que ha hecho que otras producciones tanto de corte clásico como Aladdin o más heterodoxas como la demencial El emperador y sus locuras supongan un soplo de aire fresco entre lo conservador y poco arriesgado de otras propuestas. En el que caso que nos ocupa, el personaje de Merlín supone una interpretación del emblemático mago totalmente alejada de lo habitual, más cercano al genio de Aladdin por sus constantes referencias al mundo moderno totalmente descontextualizadas en el ambiente de la Inglaterra medieval donde transcurre la historia. No he encontrado referencias a lo acontecido durante la producción de esta película, que pudiese explicar un poco lo deslavazado de la propuesta en materia narrativa (como al parecer fue el caso de la mencionada El emperador y sus locuras, aunque el resultado fuese más satisfactorio); pero sí he leído que al parecer la novela de T. H. White* en que se basa ya trata el personaje de Merlín de este modo. Y hay que dar gracias, puesto que lo que salva al film es precisamente esa abundancia de guiños y comentarios en boca del mago.

Si os esperáis que la historia comience con este momento, lo siento pero es el final, aunque aparezca ya en la portada de casi todas las ediciones (ESPOILER: ¡al final la saca!). Dicho sea de paso, la estética de los personajes me parece tan genial como en casi todas las películas Disney. Lo único que falla en este film son los fondos y algunos secundarios que parecen realizados aprisa y corriendo (fuente)**

Y es aquí donde, en un reciente revisionado, me he percatado de que la cinta se puede utilizar desde un punto de vista científico o educativo de forma bastante provechosa. Es posible que mi deformada mente científico-lúdica, durante una calurosa tarde de verano, haya querido ver más de lo que la película realmente plantea; pero seguro que los lectores que frecuenten los mismos ambientes científico-divulgativo-educativos que el que suscribe encontrarán útil la reflexión. De modo que os invito a rebuscar en vuestras videotecas o plataformas digitales favoritas para rescatar estos 70 surrealistas minutos y mirar la película con esta perspectiva en mente.

Solo por este fotograma vale la pena toda la película. ¿He dicho ya que el diseño de personajes es fantástico? (imagen encontrada en este post, como muchas de las siguientes, y que sirve muy bien para reforzar mi interpretación de la peli)

La premisa de la película es sencilla: Merlín recibe algún tipo de mensaje de los hados que le avisa de la inminente llegada de aquel destinado a ser rey de Inglaterra, y se pone manos a la obra con la misión de educar al todavía niño para que se convierta en un monarca digno. Y aquí reside la clave: educarlo. No entrenarlo como a un guerrero, o formarlo en leyes, modales, política o estrategia militar; ni siquiera en las artes místicas, como se esperaría de un personaje semejante y en un contexto como el de la leyenda artúrica. Ya desde el primer minuto de interacción entre el viejo y el muchacho, todos los comentarios del primero se refieren a su misión de culturizarlo, proporcionándole toda la información posible sobre el mundo que le rodea. El mago se muestra entonces como conocedor del futuro y de sus avatares, conocimiento que utiliza en sus lecciones y que (paradójicamente tratándose de un mago) le sirve para alejar al muchacho de toda idea preconcebida o juicio de valor que le impida ver la compleja realidad del universo. Merlín habla de leyes físicas, de la gravedad, de la redondez de la Tierra y del poder de la tecnología; menciona en numerosas ocasiones la necedad de casi todos los que habitan esa época oscura y medieval, y menosprecia el trabajo físico al que el chico se ha visto abocado desde su nacimiento, en pos de una formación intelectual que, según él, es la que le ha de valer para superar a sus coetáneos y ser digno merecedor del título de rey. Para el hechicero lo primordial para un dirigente es la sabiduría, la astucia y la capacidad de resolver los problemas. De modo que el entrenamiento de Arturo se basará en una serie de episodios en los que Merlín le enfrentará a diversas situaciones, básicamente transformándolo en animales y dejándolo solo ante el peligro para que él mismo se saque las castañas del fuego.


Merlín versión ardillesca reflexionando sobre la fuerza de la gravedad (fuente)

Lo que podría resultar una vaga excusa para que los animadores de Disney se luzcan con lo que mejor se les da (animar ardillas, peces o pajaritos de entrañable aspecto) se puede interpretar desde este prisma que planteo con mi reflexión como un ensalzamiento de los métodos didácticos basados en la experiencia práctica por parte del alumno; Merlín da indicaciones y consejos, pero deja total libertad a Arturo para equivocarse, para arriesgar, para comprender por sí mismo cómo funcionan los cuerpos en los que lo encierra y plantee nuevas y originales formas de resolver los problemas que se encuentra en su camino. Auténtica innovación docente, tan de moda hoy en día.

Pero si una secuencia puede apoyar definitivamente el carácter educativo de la narración, es el enfrentamiento que tiene lugar entre el mago Merlín y la hechicera Mim. Este consiste en una serie de transformaciones, donde cada mago intentará superar a su rival adquiriendo la forma y habilidades de animales (ni plantas, ni minerales; distinción interesante que constituye una de las normas de tan peculiar contienda) en una escalada de antítesis zoológicas tan divertida como impredecible. La hechicera rompe las reglas establecidas al transformarse en un dragón, a lo cual Merlín responde de la forma más inesperada: ¡transformándose en un microbio! Un ser capaz de infectar a una bestia tan poderosa como un dragón, al que enferma produciendo síntomas como fiebre, náuseas, erupciones cutáneas… dejando un lado las obvias licencias (no creo que el microbio perteneciese al grupo de los metazoos, pero siendo como es inventado, todo vale) es esta una solución de lo más científica, podríamos decir, y una enseñanza muy relevante no solo para Arturo sino para el joven espectador. Un organismo microscópico puede resultar más poderoso que la más grande de las bestias.

Y encima habla de enfermedades raras; con permiso de Gandalf, este hechicero se está convirtiendo en mi nuevo ídolo (fuente)

Al parecer este tipo de recursos narrativos tan excéntricos en el contexto de la leyenda Artúrica sí están presentes en el libro de White, pero de nuevo resulta curioso que fuese esta la aproximación elegida por Disney a la hora de realizar la adaptación. Si bien el resto de caracterizaciones y el tono general no se aleja demasiado del habitual candor de la casa de Mickey Mouse, todas estas secuencias dotan a la obra de un carácter muy didáctico. No es difícil imaginar a Merlín más que como un hechicero, como un avanzado científico, capaz de viajar a través del tiempo y el espacio para aplicar sus habilidades y una tecnología que nos es totalmente desconocida para convencer a sus coetáneos de que es magia lo que utiliza para cumplir el destino que le ha sido revelado por su carácter de hechicero. Recordemos la famosa máxima de Arthur C. Clarke, “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Lanzarse de lleno a plantear explícitamente este origen para Merlín y dicha explicación para sus poderes tal vez fuese demasiado arriesgado para el momento de estreno de la película, o tal vez ni siquiera se plantease en su día; pero sin duda es una interesante opción para utilizar la película como recurso educativo.

O tal vez no; qué queréis que os diga, cuando uno lleva vistas tantas películas de dibujos animados y además las disfruta tanto como un servidor, termina encontrando todo tipo de lecturas y reflexiones escondidas entre fotogramas. Ya tengo en el horno una reseña sobre la increíble representación del mundo natural en la infravalorada El viaje de Arlo, y en la cabeza un monográfico sobre la (por el momento) trilogía de Kung Fu Panda. Lo cual me lleva a reforzar mi idea de que las obras de ficción son una herramienta poderosísima para enseñar, incluso cuando no presentan esta cualidad de forma obvia. Un buen científico, un buen profesor, sabrá sacar jugo de casi cualquier narración remotamente inspirada o vertebrada en torno a hechos que a primera vista solo parecen esconder fantasía.

Pensad en ello cada vez que veáis dibujos animados, leáis tebeos o jugéis a videojuegos. 

Y si no soléis hacer nada de esto... pues no pasa nada, seguro que con el fútbol, el tenis o el ciclismo se puede enseñar un montón también. Igual algún día lo pruebo.

* Leyendo sobre el autor y su obra, me han entrado muchas ganas de probar esta saga de novelas de la cual la que tratamos aquí hoy es la primera. Parece que es de las pocas obras centradas en una posible infancia de Aruro, con el añadido de la originalidad de este Merlín tan heterodoxo...

** Al parecer esta película va a ser objeto de una nueva versión, con actores de carne y hueso y dirigida por Juan Carlos Fresnadillo; por lo que he leído, no parece que el tono vaya a ser precisamente desenfadado y cómico, lo cual sería una lástima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Como dijo Ortega y Gasset, "Ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión"...

¡Comentad, por el bien de la ciencia!