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viernes, 3 de mayo de 2013

En bata de guerra (III)

III. La Resistencia

Náuseas, vértigo, pérdida del equilibrio, sensación de caer durante una eternidad... cualquiera de esas cosas, o incluso todas a la vez, es lo que uno espera cuando atraviesa un vórtice que se abre entre dos mundos separados por un abismo temporal. Sin embargo, lo que se siente en realidad es más bien decepción, pues después de la parafernalia desplegada cuando el vórtice se abre, el resto es bastante vulgar: uno lo atraviesa, y aparece en otro sitio. Así que lo más desagradable, en definitiva, fue el empujón de Bruno, que simplemente le hizo aparecer en un lugar totalmente distinto del que partieron. Cuando se dio cuenta de que estaba entero y que ya no se encontraba en el comedor del instituto, levantó la vista y acto seguido, tosió.

A su espalda oyó la voz de Bruno, apremiante.

- Vamos, maestro. No conviene quedarse mucho tiempo aquí. Y no respires muy hondo, el aire está demasiado cargado fuera de los refugios. Sígueme sin detenerte a admirar el paisaje.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

En bata de guerra (II)

II. La historia

Mientras permanecía sentado en el comedor, observando a aquel extraño visitante tomarse un café tras otro, no podía dejar de pensar en lo ridículo de la situación. Se encontraba en compañía de un hombre que afirmaba venir del futuro, y no sabía si sorprenderse más por lo absurdo que esto parecía, o por el hecho de que en su interior sabía que todo lo que le estaba contando aquel individuo, era cierto. Ciertamente le recordaba al joven estudiante que hasta sólo hacía unas horas le había ayudado con el trabajo, pero tampoco lo conocía tanto tiempo como para estar seguro de hasta qué punto esto era una impresión. O tal vez fuesen los pequeños detalles, demasiado rebuscados como para que una mente maquinadora, incluso un cerebro enfermo y paranoide, pudiese haberlos creado artificiosamente. Sin ir más lejos, llevaban casi una hora hablando, interrumpiéndose cada pocos minutos porque su interlocutor se emocionaba con cada nuevo café que salía de la máquina. También se interrumpía ante las más nimias anécdotas, como los quince minutos que tardó en separarse del ventanal cuando una gaviota se posó en el alféizar, o las numerosas veces en que se amorró al grifo de agua de la minicocina del comedor. Le sabía mal tener que molestar al visitante durante esos periodos de sumo gozo, pero pensaba que la situación lo justificaba de sobra. Así que al final se decidió y le animó a continuar con sus explicaciones.

viernes, 20 de julio de 2012

En bata de guerra (I)

 
I. El extraño


Era una tarde de lo más tranquila. La mayoría de la gente había terminado su trabajo hacía un buen rato, pero en un laboratorio de investigación siempre hay algún pobre desdichado al que se le alarga el experimento; desgraciadamente para el joven estudiante, el investigador que se encargaba de enseñarle era el desdichado de la semana.

- Bueno, y ahora por fin, pasamos a la última etapa: después de centrifugar las muestras, aspiramos el sobrenadante y lavamos unas cuantas veces el pellet.

El estudiante no dijo nada, pero su cara debió reflejar el hastío que sentía y el horror que la idea de lavar “unas cuantas veces” le había provocado. El investigador se percató.

- Tranquilo, te enseño cómo hago el primer lavado y te puedes marchar, ¿de acuerdo?

El chico volvió a respirar y sonrió, contestando con un tímido “vale” y poniendo cara de atención para no perder detalle y poder partir cuanto antes. El investigador comenzó la explicación.